El dilema son las noches que son noches. Las que oscurecen
así, sin opción, como si fuera urgente que el sol cediera. Como si no se dieran
cuenta que exhalar el último suspiro de luz, me dejaría impoluta,
intocable,
lamida por las aguas de miradas prolijas.
Miradas muertas en la sórdida noche sin canto,
de fuego manso,
lóbrega y astuta.
Miradas que detestan el silencio que tenía para darte
y me impiden persuadirte en el despojo.
Noche, no sabré qué decirte.
Por eso me descalzo de vos,
que enlutas soberbia,
como si el sol fuera sólo un bruto sangrado de palabras a mi
abrigo
y yo fuera algo más que desnudez.
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