Recién había comenzado la velada, un gran salón y el
languidecer de las luces. En la inmensidad, un collage de baldosas, rosas y
flojas. Tan flojas que cualquier paso en falso, haría saltar la podredumbre. La
entrada era gratuita, sólo había que llevar un ser perecedero y dejar las
verdades en la jaula que te acompañaría al salir de la celebración, esperaría
que nadie más te viera, y te abrazaría en el próximo día, perpetuamente.
En el ruido, después de tropezar con varios kilos de carencias con corbata y
bellísimas huidas, se vuelca aguardiente en mi disfraz. Me detengo, busco el
catálogo del festín, nada parece indicar qué debo hacer. La quietud amenazante
me invade en esta broma de seducción y prosopón. Intento secarme, pero mi
cuerpo escupe el descuido.
Desesperada y sin tramarlo, busco mi jaula en el guarda
ropas y retiro mi cadáver de apariencias.
Chau. Portazo, la oscuridad y nadie más que tu
insignificancia saludan tus manchas.
Hace frio y es real, me rosan almas inmaculadas a bordo del
tiempo, inscripta por el licor en la gélida noche, agoniza mi velo.
Súbitamente, abrazando el esperpento, me sorprendo
respirando. Siento mi alma abrirse, refaccionarse. Volviendo a desplegar lo
siempre enmudecido.
dejé de tratar de ser y fui.
Siempre fue así, iluminando nuestras sombras y escupiendo la
persi-somomia de cultura aglutinada, propagas el magma-alma, magma.