Lapachos Rosados
lunes, 19 de enero de 2015
A decir verdad, despertar puede ser a veces un calvario insoportable en el que uno no sabe por qué se empeña en descubrir si las olas son de Dios o de jabón. Y en realidad, son de dios y de jabón. Lo cierto es que así como hoy amamos las mandarinas y las flores de naranjo, del mismo modo las odiaremos mañana, y en cuanto despertemos otra vez, serán el único fruto posible. Seguro luego amemos y odiemos todo fruto, toda flor y todo azahar, porque siempre se odia un poco más de lo que se ama y siempre termina uno adorando lo que odia. Entonces ¿qué significará en sí “a decir verdad”? Lo que somos es desde el comienzo una interrogación inadmisible, y lo que creemos ser… pocas cosas más patéticas que lo que creemos ser. En principio, como vemos, no van a servirnos de ayuda. Ni hablar de lo que decimos ser, ni hablar de lo que decimos ser. Por ahora me quedaré con lo que decidimos ser y pensemos en todo lo torpe, lo falso, lo insensato que hemos hecho. Ahí está el camino. Claro que podríamos engañarnos con una delicada manera de mirarnos y movernos diciendo cosas, las más banales que surgiesen, como la mayoría de las cosas que se dicen. También podríamos dejar la lengua seria y envolverla de palabras finas al oído del lector. O bien, podría yo cagarme en tu mirada sobre estas letras y con una risa cruda y plástica darte palabras negras que den asco. Pero, ¿dónde estaría yo allí? En ninguna parte, te aseguro. Uno podría decir dulzura en flor o bebé muerto en una misma oración, y no sería mentira. Ni en los algodones ni en la mierda se edifica la verdad. La verdad es una ausencia que respira en el silencio de la carne sin vestido.
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