Lapachos Rosados

Lapachos Rosados

lunes, 31 de agosto de 2015

volver a tenerme en otra piel
como por reflejo
o pavura
pero tenerme fugaz,
absurda
huyendo ausente,
con la sed anclada en un juramento antiguo
del que nada podrá salvarse
ni los días de oro azul
ni las vidas que se vuelan como el viento de las cosas
que solo tienen fin

(y tienen solo estrellas ) 

martes, 26 de mayo de 2015

Con las manos pobladas de agua
me lleno los ojos de cosas 
me lleno los días de tiempo
justo cuando tengo la vida en ayunas
y el cuerpo repleto de ventanas
y las piernas inquilinas
me olvido la lluvia
siempre en el mismo rincón de la espalda

martes, 10 de febrero de 2015

Vuela alto
Hasta que toda la humanidad quepa en tu piel
Hasta que solo,
desnudo de palabras y de cosas,
habites la fiesta del cielo y del vacío,
te desvistas de tus cuerpos
y regreses sin tus mundos

con nada más que todo para dar

lunes, 19 de enero de 2015

A decir verdad, despertar puede ser a veces un calvario insoportable en el que uno no sabe por qué se empeña en descubrir si las olas son de Dios o de jabón. Y en realidad, son de dios y de jabón. Lo cierto es que así como hoy amamos las mandarinas y las flores de naranjo, del mismo modo las odiaremos mañana, y en cuanto despertemos otra vez, serán el único fruto posible. Seguro luego amemos y odiemos todo fruto, toda flor y todo azahar, porque siempre se odia un poco más de lo que se ama y siempre termina uno adorando lo que odia. Entonces ¿qué significará en sí “a decir verdad”? Lo que somos es desde el comienzo una interrogación inadmisible, y lo que creemos ser… pocas cosas más patéticas que lo que creemos ser. En principio, como vemos, no van a servirnos de ayuda. Ni hablar de lo que decimos ser, ni hablar de lo que decimos ser. Por ahora me quedaré con lo que decidimos ser y pensemos en todo lo torpe, lo falso, lo insensato que hemos hecho. Ahí está el camino. Claro que podríamos engañarnos con una delicada manera de mirarnos y movernos diciendo cosas, las más banales que surgiesen, como la mayoría de las cosas que se dicen. También podríamos dejar la lengua seria y envolverla de palabras finas al oído del lector. O bien, podría yo cagarme en tu mirada sobre estas letras y con una risa cruda y plástica darte palabras negras que den asco. Pero, ¿dónde estaría yo allí? En ninguna parte, te aseguro. Uno podría decir dulzura en flor o bebé muerto en una misma oración, y no sería mentira. Ni en los algodones ni en la mierda se edifica la verdad. La verdad es una ausencia que respira en el silencio de la carne sin vestido.