Lapachos Rosados

Lapachos Rosados

lunes, 6 de febrero de 2012


Vea, estaba colmado de lluvias y gentes mojadas. Mojadas por chaparrones de verano, humedecidas por la angustiosa vida de mandadero. Entre un salpicón de humores varios, un hombre de casaca escarlata. En ella una espiral que gritaba al compás de salvavidas (calculo serían dieciséis -siempre y cuando las eses sean las pieles de los salvavidas. En otro caso podrían haber sido tres-).  El tipo sosteniendo un par de zanahorias y analizando sus puntiagudos fines, cierra los ojos, el pecho y la sien.
Inspira,
rebalsa aires incógnitos.
Cambia el grupo de zanahorias. Es como si buscase una identificación. Definitivamente necesitaba más que atracción en esos cuerpos naranjas.
Lo empujan multitudes maceradas en sus vidas hartas y afligidas. Así y todo, ningún coletazo perturba su cautelosa investigación.

¡Vuelva a tomar cuatro!, se obligó.
¿cara o seca? Seca.
 Tomó las que tenían más talante de lealtad.  Las aprieta, las siente. Mira sus pliegues, sus guiños.   Quizás buscaba en ellas alguna propuesta. Alguna idea de qué hacer en esa reunión de desconocidos contendientes.  Se detiene un momento, seca sus lentes llovidos con su remera de salvavidas, como buscando percibir mejor el mensaje.


Muchas instantáneas más tarde, al parecer no notificamos ni una muda sugerencia.
Las devolvimos a su mausoleo.
Sacrificando su afán, el hombre regresa a su galera de armaduras a embuchar, simulando inapetencia.

¡Seducido por un par de zanahorias! ¡vaya siniestra puede ponerse la soledad!, pensé.
Después me vi, seducida por captarlo en su quieta expedición. No tuve más que decir.




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