Vea, estaba colmado de lluvias y gentes mojadas. Mojadas por
chaparrones de verano, humedecidas por la angustiosa vida de mandadero. Entre
un salpicón de humores varios, un hombre de casaca escarlata. En ella una
espiral que gritaba al compás de salvavidas (calculo serían dieciséis -siempre
y cuando las eses sean las pieles de los salvavidas. En otro caso podrían haber
sido tres-). El tipo sosteniendo un par
de zanahorias y analizando sus puntiagudos fines, cierra los ojos, el pecho y la
sien.
Inspira,
rebalsa aires incógnitos.
Cambia el grupo de zanahorias. Es como si buscase una
identificación. Definitivamente necesitaba más que atracción en esos cuerpos
naranjas.
Lo empujan multitudes
maceradas en sus vidas hartas y afligidas. Así y todo, ningún coletazo perturba
su cautelosa investigación.
¡Vuelva a tomar cuatro!, se obligó.
¿cara o seca? Seca.
Muchas instantáneas más tarde, al parecer no notificamos ni
una muda sugerencia.
Las devolvimos a su mausoleo.
Sacrificando su afán, el hombre regresa a su galera de armaduras
a embuchar, simulando inapetencia.
¡Seducido por un par de zanahorias! ¡vaya siniestra puede
ponerse la soledad!, pensé.
Después me vi, seducida por captarlo en su quieta
expedición. No tuve más que decir.
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