Aquel cuerpo que tan generosamente cree su vacuidad. Como si ya lo hubiera dado todo. Como si alguna vez hubiese amado con el alma. Como si alguna vez algo en su alguna vida no hubiese dado registro ilustrado de algún segundo muerto, en su alguna vida.
Sobre él, otra sospecha se me arrodilla, me implora. En su súplica hasta ha llegado a prometerme no robar todos los atardeceres. La observo, no sé si entiendo. Quiere solo algunos, sobre todo los de cielos rosados que anticipan el quebranto.
Insiste, yo lo abrazo.
Al llorar, se tiñe del cuerpo del rey y ruega un instante de sol huyendo. Dice no encontrarse cuando me aclama. Pero siempre regresa a mí, destrozado por la desilusión de haber vuelto a perder quién sabe qué. Se invita otro abrazo desconcertado y quita su pañuelo de pintas.
Un día, disimuladamente, lo veo desistir.
Cada vez más próximo, entre el humo agonizante de quien no quiere ver y tres palmadas en la espalda, se detiene en mi mirada un par de horas y en el mate de las siete me confiesa,
quiere ser mi sombra.
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