Tener la piel de la conquista y los ojos ajenos.
Tener las huellas de esos dedos, que ahogados de deber se entintaron en mi espalda, a cambio de una imagen, mampostería pintada de blanco.
El dorso teñido de silencio descansa junto al símbolo de la piel invadida y blanca, detenida en un poder pálido y sutil, que rumia, jadea aún en las vidas de muchos de nosotros, asnos del dominio, que ingratos cargamos con el nombre de tiempos bandidos, intrusos, extraños, tiempos que no dejaremos volver si usurpamos nuestra piel con la voz de esta tierra, con la vida viva de hoy, mestiza de mundos de ayer.
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