Dios no ha muerto, ni starosta ni los puentes amarillos. Definitivamente
no ha muerto.
Es infinito,
incandescente,
como el pensamiento,
como el vacío que nace entre la palabra y el viento,
como la miel,
imperecedera,
intacta,
irrepetible;
como la fiebre y el estío,
como la magia
o el extravío.
Sólo ha muerto el olvido
de esta infinita tierra,
que es la verdad, la vida
y es este plato,
y tu y yo
tan infinitos
como dios,
puente y amarillo.
Jazmín
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