-Atúrdeme, gritó.
Está corriendo ahí (¿lo ve?). Es como un sonido y un espanto
que tropiezan, finando sus ojos, golpeando de polvo sus fauces (¿Cómo es que no
lo ve?). Está aquí, como usted.
-Atúrdeme, insiste.
Yo no contesto, me quedo de pie a su lado espejando su
agonía (como usted).
Espere, creo que algo dice (¿no?).
Se susurra, sí, está meciéndose (sé que lo ve, ya no finja).
Su imagen inmóvil se quiebra. Creo que ya no es un juego.( Mírele los ojos). Quiere escapar al horror de ser ruido, sin más (¿se da cuenta?).
Ya sin voz, abraza toda su nada, y toma una piedra (shh, no
me hable que quiero ver).
-No me aturdas, ya no (¿No me aturdas dice? ¿Usted que cree?).
En el eco, subraya: -urdas, ya no.
Esas fueron sus últimas palabras antes de desaparecer.
Al menos eso creí hasta el día en que volví, cuando ya no
estaba (¿O si?).
En el suelo, la misma piedra y la inmortalidad de su voz
plasmada en la arena:
“Mátame,
mejor,
muere por mí”
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